Vistas de página en total

martes, 10 de septiembre de 2013

PAIS DE "VIVOS BOBOS"

Hello Fellows.
Desde hace rato vengo escribiendo en Face Book, "perlitas" acerca de esta, nuestra muy especial idiosincracia. Hoy me encontrè con este artìculo escrito por Luis Eduardo Quintero, que dice casi todo cuanto yo hubiera podido decir o escribir. Como sè que mis amigas y amigos, antes de iniciar la lectura miran la extensiòn del texto, le recortè las imàgenes

COLOMBIA; LA CULTURA DE LA TRAMPA EN EL PAÍS DE LAS ABEJAS.
Por Luis Eduardo Quintero el 8 de Septiembre 2013 5:28 PM
La gran mayoría de colombianos nos creemos la última maravilla en la existencia. Vivimos gritando que somos inteligentes, emprendedores, felices, 'echaos pa´lante' que nada nos queda grande y que no escogimos nacer en Colombia, simplemente tuvimos suerte. Los colombianos nos las sabemos todas, así esto signifique pasar por encima de los demás. Desde los primeros años nos enseñan a ser competitivos, a ser los primeros en todo, a lograr las mayores ganancias, pero poco o nulo nos hacen énfasis en los deberes que tenemos como ciudadanos; como parte de un engranaje para que una sociedad funcione. Esos deberes pasan a un segundo plano. Al cuarto de lo innecesario para ser exitoso. De buenas yo, de malas usted.
La mal llamada malicia indígena. Y mal llamada así porque nuestros antepasados indígenas eran nobles y trabajaban en equipo para construir en común. ¿Pero adivinen quién llegó? La conquista española.
Parece ser que el gen maldito de la viveza viene de ahí. Desde cuando nuestros queridos amigos españoles de esa época, con sus monarcas y sus métodos no tan santos impregnaron esta maldita maña sobre nuestros indígenas. Eran tan nobles y queridos nuestros ancestros que los españoles no tuvieron ningún problema en aprovecharse de ellos. Lo más decepcionante es que cuando Colombia se independizó del yugo español, quienes quedaron en el gobierno de la nación ¡¡¡continuaron haciendo lo mismo que tanto criticaron!!! Y 200 años después así seguimos.
Quien porta ese gen y lo desarrolla ni se entera. Cree que su actuación en sociedad es brillante y debe ser aplaudida. De hecho, hay quienes celebran este tipo de comportamientos.
·         La firma de abogados logró hacerle el quite a la ley para apoderarse de baldíos de la nación y engañar al Estado ¡Qué abogados tan brillantes!
·         El abogado que tumbó a la viuda y aun así logró ser magistrado. ¡Qué ingenioso!
·         El tino Asprilla vende sus bienes o los traspasa para evitar una demanda por alimentos. ¡Te amamos, Tino!
·         Hijos de políticos que usan sus influencias en el gobierno para montar empresas y realizar grandes negocios. ¡Bravo! ¡Qué ejemplo de emprendimiento!

PAÍS DE ABEJORROS.
Ese destructivo gen viene en el organismo de todo colombiano. La diferencia es que algunos pocos han aprendido a controlarlo porque oportunidades para ser avivato en el país hay miles y miles. Todos los días en el acontecer laboral, en las relaciones con los demás, en el tráfico en la oficina, en los negocios.
Los ejemplos abundan a nivel personal:
·         Mucho pendejo este cajero que no me cobró unos productos.
·         Aquí suavecito voy haciendo doble fila con mi carro para girar. Eso nadie se da cuenta.
·         Me hago el dormido en el bus para no cederle el puesto a una mujer en estado de embarazo o a un adulto mayor.
·         Seguro si me parqueo en el espacio para personas con discapacidad física del Centro Comercial, nadie lo notará.
·          Haré en el carro este cruce prohibido para ahorrarme el trancón. Espero que no haya un policía cerca. Pero si me roban el celular, gritaré ¿Dónde está la policía?

PAÍS DE 'DE MALAS POR BOBO'.
Y en la historia colombiana grandes avivatos han llegado a las altas esferas del poder público y privado a través de triquiñuelas. Y ahí siguen porque son tan vivos que saben cómo hacerle el quite a la ley, cómo diseñar la trampita, cómo engañar al inocente, cómo atornillarse en el poder. ¡Voten por mí!
Porque ser vivo paga, y paga muy bien. ¡Ay qué orgulloso me siento de ser buen colombiano!
Nos inundó la cultura de la trampa. De la trampa legal o ilegal. La que sirva. La trampa más rápida y efectiva. No importa si usted un colombiano del común, o un funcionario público.
Hoy los tenemos de magistrados, presidentes, senadores, concejales, presidentes de empresas, autoridades de fuerza pública y millones en el diario vivir. Ese tramposito que se aprovecha del inocente, del noble, del que quiere hacer las cosas correctamente.
En lugar de  pensar y construir colectivamente esta sociedad y elevar el grado de capital social para avanzar como nación, nos enfocamos en cómo aprovecharnos de la menor debilidad de los demás para ganarles. Campeones de la trampita. Del todo vale.

PAÍS DE 'PSEUDOAVISPADOS'
La pregunta es ¿nos ha servido ser vivos? Les ha servido seguramente a los avivatos, porque en Colombia pareciera que la ley está hecha para defender a quien la viola, que a quien la cumple.
Lo que no entienden estos abejorros, y seguramente nunca lo entenderán, es que esas pequeñas actitudes, desde colarse en una fila hasta parquearse cinco minuticos en plena avenida y en hora pico, ocasionan un detrimento como sociedad. El individualismo que destroza los países. 
Y si usted lo hace y cree que nadie hace nada, tenga la seguridad de que se equivoca. Muchos lo están insultando mentalmente, pero no se lo dicen. Porque vaya usted reclámele a otro un comportamiento ciudadano ejemplar. Llega el insulto, la patada, el puñal o el disparo en la frente.

UNA FÀBULA CORTA
Cuenta la fábula que un colombiano inventó la máquina para viajar en el tiempo. Lo primero que hizo fue regresar varios siglos atrás a encontrar el primer colombiano que intentó colarse en una fila. Lo mató. Una vez regresó al presente, Colombia era una de las potencias más desarrolladas del mundo.
 ¡Qué lejos estamos!


Nota: Ninguna abeja o abejorro real fueron maltratados al escribir este artículo. Y me disculpo por comparar a semejante animal tan productivo, trabajador y colaborador con su colmena, con semejantes avivatos colombianos que pululan en el país.

Sobre el autor de este artìculo:LuisÉ Quintero
En Twitter @donluiseduardo 
En Facebook http://www.facebook.com/luiseduardoquintero

martes, 27 de agosto de 2013

PERLITAS PEDAGÓGICAS

Hello fellows
No había vuelto a publicar mis "polvitos", porque se me ocurrió la idea de irme desde Palmira hasta Machu Picchu en moto y la preparación ejecución del viaje me ocupó mucho tiempo. Pero ya estoy de nuevo en mi tremenda y dulce tierra Colombiana y les traigo esta perlita pedagógica para motivar su interés por el debate y los comentarios. 

 MENOS TRANSMISIÓN DE DATOS, MAS RELATO, MÁS LÚDICA, MÁS ARTÍSTICA, MÁS DEPORTE Y MÁS T.I.C  EN LA ESCUELA ACTUAL


La clase magistral basada casi exclusivamente en la  enumeración de datos sólo activa las áreas de procesamiento de lenguaje; pero cuando nos cuentan; vemos o leemos una historia; el cerebro pone en funcionamiento, las mismas áreas que se activarían si experimentásemos lo narrado. Una historia, sincroniza los cerebros de quien la cuenta y quienes la escuchan y por norma general,  cada uno de los componentes del auditorio, busca en su interior, hechos similares que le hayan sucedido y esto activa determinadas zonas cerebrales  que nos ayudan a relacionar las emociones o sensaciones transmitidas por el  “relator” con las vividas por cada uno de los componentes del auditorio. Incluso, puede llegar a suceder que transcurrido un tiempo, podamos llegar a creer que el evento nos sucedió realmente.  La creencia de que si niñas y niños repiten verbalmente ciertos discursos, frases, oraciones, teorías, etc. es una prueba fehaciente de que ya han adquirido el conocimiento adecuado es de lo más desacertado. No se logra concebir que ese acto no implique que se haya comprendido lo que se dice. Ellas y ellos, pueden repetir -como loro- definiciones, frases, teorías, etc., sin comprender realmente lo que dicen. Lo repiten porque se lo exige el sistema escolar y es eso sobre lo que se les examina al final de cada período. Pero todos esos discursos son olvidados una vez que han pasado los exámenes, para después volver a ser memorizados en el siguiente ciclo y de nuevo olvidados, y así sucesivamente, sin nunca llegar a la comprensión, o a que ello sea importante para el estudiante, como muestran todas las evaluaciones con que contamos hasta ahora, y de las cuales nos habla permanentemente el M.E.N. Verbalización no es conocimiento.

Se autoriza y se recomienda la reproducción y socialización por todos los medios, incluido el electrónico

lunes, 29 de abril de 2013

“ENSEÑA A LOS MEJORES Y DESHAZTE DEL RESTO”


Hola compañeras y compañeros. Someto a su acertado juicio este "Polvo" absolutamente pedagógico que es producto de el tener todo el tiempo para mi solo. Espero que lleguen sus comentarios. Yo se que es un poco extenso; pero un tema como este no puede tratarse en muy pocos renglones. Hagan el esfuerzo.
G. López

“ENSEÑA A LOS MEJORES Y DESHAZTE DEL RESTO”
“Lo mejor está por venir”
Ben Jal Amel Ami

MOTIVACIÓN, EXIGENCIA Y AUTOEXIGENCIA COMO ESENCIA DE LOS PROCESOS DE AULA.
Hoy a casi tres meses de mi jubilación, me siguen centelleando en la memoria dos sentencias que para bien o para mal marcaron los 43 años (no el mismo año repetido 43 veces) de mi trasegar por la tortuosa ruta pedagógica.  
La primera se la escuché a “Monsieur” Andrade; (Carlos Arturo Andrade) rector del colegio de Cárdenas donde cursaba mi cuarto bachillerato (ahora noveno) en una oportunidad que preocupado por nuestro poco interés en la lectura, nos dijo: “A Ustedes al igual que a todos los jóvenes de ahora les falta curiosidad o la están usando para otras actividades que poco o nada tienen que ver con el colegio”. Más adelante me di cuenta que tenía razón; pero en mi favor pude esgrimir que buena parte de esa curiosidad y casi toda mi creatividad se habían quedado atrapadas o pisoteadas en la primaria y en el bachillerato. Ya como docente y estudiante  primíparo; en el año 1971, le escuché decir a Tobías Matta Lozano: “Uno de los problemas serios a los cuales nos enfrentamos es que en los hogares y en la escuela se está  practicando una corriente filosófica de alto riesgo llamada “laisser faire laisser passer” que ha rebajado los niveles de exigencia hasta la casi total permisividad”. La mañana siguiente me sorprendió en la biblioteca municipal leyendo y analizando todo cuanto pude encontrar acerca de la palabreja exigencia; que aparecía íntimamente ligada a motivación. A partir de ese día entendí claramente la tremenda responsabilidad que implicaba el sendero que empezaba a transitar.
“¿To be or not to be? Whether it’s nobler in the mind to suffer the slings and arrows of outrageous fortune… (Chicanería).
 ¿Exigir o motivar? Una de las dos; las dos, o una intersección entre las dos, era la cuestión fundamental para  construir procesos de aula que perjudicaran lo menos posible a mis estudiantes.
¿Exigir? Elaboré entonces un listado de quienes habían sido mis profesores más exigentes y descubrí con cierta amargura que justamente ellos fueron quienes menos dominaban el área que “dictaban” o eran los más ególatras y que precisamente esa ignorancia o su exceso de envanecimiento los conducía a hacer uso de la autoridad que viene cosida al título, para que sus estudiantes aprendieran a la brava aquello que ellos no pudieron aprender o que se consideraba indispensable para continuar respirando. Sin duda alguna era más cómodo exigir (e inflaba mejor el ego) que reflexionar;  y casi todos nosotros somos muy adictos a escoger “la más fácil”.
Quienes por fortuna tuvimos una muy buena resiliencia superamos medianamente ilesos aquellos escollos. Era la época del “enseña a los mejores y deshazte del resto”. Lo cierto es que todo cuanto se aprendió con estos maestros, se olvidó tan pronto paso el miedo a sus exámenes y consecuentes represalias.
¿Motivar? Implicaba demasiado trabajo. En una de las tantas amarillentas agendas que conservo, encontré el listado inicial de los obstáculos a superar si quería que mi metodología se basara exclusivamente en la motivación:
  1. Conocer; no sólo el nombre de mis estudiantes sino su entorno.
  2. Buscar en ellos virtudes para potenciar, en lugar de errores para corregir.
  3. Recuperar en lo posible su: curiosidad, creatividad y gusto por la escuela.
  4. Me tocaba leer mucho, consultar, investigar, escribir y evaluar periódicamente.
  5. Estar dispuesto a reconocer mis errores y volver a empezar si fuere necesario.
  6. Estar dispuesto a convertirme inicialmente en el hazmerreír o blanco de la mordacidad de muchos compañeros  
  7. Enfrentar el “síndrome de gendarme” de muchos rectores y coordinadores.
  8. Entender de entrada que “La bondad puede conducir fácilmente al abuso” y elaborar un discurso inicial claro y sentido, sumado a unas actitudes sensatas y sinceras que además de servir de ejemplo me blindaran contra los posibles malos entendidos.
  9. Finalmente; intentar que la motivación los condujera lenta; pero, invariablemente ,hacia un estado de “Autoexigencia” que es a mi juicio lo ideal
Como la intención de este corto ensayo no es autobiográfica, podemos dejar a un lado los eventos posteriores y centrarnos en lo fundamental.
 Si queremos que nuestro país tenga una educación de calidad que sirva para lograr el desarrollo armónico de la personalidad de niñas y niños bajo nuestra responsabilidad, mediante el aprendizaje de comportamientos sociales esenciales, y habilidades de pensamiento que estén estrechamente ligadas con la posibilidad de expresarse dentro de un ambiente afectuoso, sin disciplina paternalista, y libre del profundo miedo que desde los primeros años de vida, infunde la autoridad mal entendida, y pésimamente ejecutada. Tenemos que encontrar la; o las estrategias que conduzcan a las niñas y a los niños, y…(a nosotros mismos) para que se reconozcan; y nos reconozcamos, como personas capaces de usar talentos en la búsqueda de “ese” proceso integral, en pos de los ideales que generen los cambios que está pidiendo a gritos nuestra dulce y tremenda tierra Colombiana  
Docentes como los actuales; que vienen capacitados para interpretar los signos de los tiempos, y que no quieren seguir haciendo lo mismo que sus antecesores, seguramente deben estar pensando que frente a las  especiales características de la época, uno de los primeros pasos en la dirección correcta es analizar colectiva y profundamente los aspectos positivos y negativos contenidos en lo connotativo de las expresiones: motivar y exigir para asumir una postura metodológica que a ciencia cierta, redunde en beneficio de aquellas personitas que son la razón de ser de nuestra profesión.
 Muchos ensayistas autorizados, coinciden en plantear que la exigencia y la motivación no son incompatibles, porque de hecho, la motivación y el esfuerzo son  dos caras de una misma moneda. “Ambas son los dos tipos de energía necesarios para realizar cualquier tarea, de forma que sus aportaciones se suman, y  producen personas con  capacidad para aceptar y crear motivaciones”. 
Grosso Modo; voy a considerar aquí dos tipos de motivaciones: aquellas que están entre los remanentes arquetípicos del individuo o que de una u otra forma logran penetrar en su alma (motivaciones internas). Y aquellas que son propuestas o “exigidas” por otros (motivaciones externas).Entre las cuales podemos destacar los famosos: “Estudia para ser alguien en la vida", "Trabaja duro para progresar", "Hijo, hazme caso, si quieres llegara a ser profesional", "Si ganas el año, te daré tal o cual premio" “O estudian o les pongo un cero”, etc... Evidentemente, estas últimas; motivaciones (externas), que son las más frecuentes y habituales en los oídos de los niños y los adultos, son muy débiles para una gran mayoría; ya sea porque tienen una visión más a corto plazo, o porque necesitan motivaciones más internas a ellos mismos y por supuesto requieren un mayor aporte de esfuerzo. O en el peor de los casos, porque ya son fieles discípulos de una nueva corriente filosófica llamada “Importaculismo”. Es en estas circunstancias donde algunas personas creen que debe aparecer la “exigencia” como aporte fundamental para alcanzar los logros expuestos.
Cuando descubrimos una motivación interna (o alguien nos convierte sutilmente una externa en una interna) para realizar cualquier tarea, su aportación de energía va a la parte "buena" de nuestra psique y hace menos complejo el aporte del esfuerzo necesario. Modelos claros de este tipo de motivaciones son los pasatiempos y aficiones, por los que algunos pueden llegar a hacer grandes sacrificios; o el deseo de sobresalir en alguna faceta; o más fuertes aún, los deseos de una profundidad más trascendente, como mejorar el mundo, ayudar a otros, etc.... Estas son muy poco frecuentes, pero cada uno podría encontrar cientos de motivaciones internas para cada tarea; depende de los gustos y la forma de ser de cada uno en particular.  Para no ir demasiado lejos, el ejemplo más claro y cercano  de una muy buena motivación interna, es la esperanza que tengo de que al terminar de leer este ensayo, algunas personas (ojalá docentes) puedan aplicarlo en su quehacer cotidiano, o que me envíen sus comentarios . Si esto no sucede, me queda la satisfacción de haberlo escrito y haberlo intentado.
Debo necesariamente concluir, que la cantidad y la calidad del esfuerzo, está proporcionalmente relacionado con el origen, la cantidad y la calidad de la motivación y que el buen uso que se haga de estos procesos puede; y debe conducir necesariamente a la “Autoexigencia” que es una palabreja que poco aparece en los textos de pedagogía; pero que se percibe y se empieza a comprender su complejidad e importancia si se analiza el comportamiento de quienes practican “Juegos de consola o de computador”. Estas personas (en su mayoría niños) se “Autoexigen” continuamente para pasar de un nivel a otro, sin que ello suponga demasiado esfuerzo ni presión externa.
Si llevamos estas consideraciones a nuestras aulas: la consecuencia directa es entender que lograremos mejores resultados, si dedicamos nuestras energías a crear nuevas formas de  motivarnos y motivar a cada niño en particularque si las dedicamos a "perseguirlos"(*1),  para que aumenten su nivel de esfuerzo.

(*1). Dado que la expresión “perseguirlos” está usada aquí como sinónimo de “exigirles”, me quedo sin que escribir acerca del concepto y el uso que se hace de la “exigencia externa” en nuestras antiguas y algunas actuales instituciones educativas. De todas formas, espero que al terminar la lectura de este texto, estén lo suficientemente “Motivados” como para contribuir con sus aportes a un debate que debería haberse iniciado desde mucho tiempo atrás, direccionado desde las rectorías  o coordinaciones, como punto de partida para poder hablar de “Modelos pedagógicos”. Pero como casi todos los rectores y coordinadores gastan sus más preciadas energías en desempeñar a cabalidad su mal entendido “papel de gendarmes”, este debate nos corresponde a nosotros…Perdón, me olvidaba de mi condición de jubilado…Les corresponde a Ustedes, los docentes de nueva generación, quienes sin rastro de duda, comparados con nosotros, tienen más energía, más curiosidad, más creatividad, más posibilidades de ilustración y empiezan a hacer de su profesión, no una forma de ganarse la vida, sino la vida misma.

Queda rigurosamente autorizada y recomendada
la reproducción parcial o total de 
este artículo por cualquier procedimiento
incluidos la reprografía y el tratamiento 
informático.

GUSTAVO LÓPEZ GIL

jueves, 21 de marzo de 2013

UN "POLVO LITERARIO"


Hola de nuevo.

Después de mucho consideraralo, me he decidido a complacer a algunas de mis alumnas del aquel antiguo Ateneo Comercial Femenino de Pradera -Valle Del Cauca, que se quedaron sin leer mi cuento consentido (Sor Cecilia) en la época que se publicó.Puede parecer un poco extenso para quienes no estén acostumbrados a leer desde ordenadores, así que de antemano presento las respectivas excusas. No sobra reiterar mi más sincero agradecimiento a la Hermanita Assumpta, religiosa de la congregación de la Anunciación, por su valioso apoyo y aporte durante el tiempo que duró el trabajo.
 Ahi les va, como el Caballo de Espadas. ¡Ah! y por favor, comenten, bien o mal; pero comenten.

 

SOR CECILIA

 Abraza tu soledad a la mía
y marchemos juntos 
hacía la soledad del mundo
F.M.Correa


La primera vez que la vio, sintió que el alma le palpitaba en cada centímetro cuadrado de su piel. Quedó extasiado y casi presto a cerrar las manos en actitud de oración. La impresión que le produjo fue la de un repentino deslumbramiento; era como si la luz del sol hubiera pasado a escasos metros de sus pupilas. Venía acompañada de la madre superiora; y sin duda alguna era la nueva maestra de música por quien Sor Mariela había insistido tanto ante la dirección general para llenar la vacante que quedó tras la muerte de Sor Graciela.
Ahora podía ver y entender con absoluta claridad por qué la directora del colegio y de la casa local de la comunidad no quiso aceptar a otra religiosa que no fuera ésta. Su sensibilidad y su espiritualidad eran evidentes, su radiante hermosura monástica insinuaba la poesía y la musicalidad de una ilusión mística, su risa era un alegre e inagotable surtidor y su voz tan suave y profunda era la música más dulce que jamás había escuchado. Ni siquiera lo oscuro del hábito ni lo cerrado del velo opacaban su rostro de radiante armonía y perfección, en el cual  se destacaban unos grandes ojos color turquesa llenos de luz y de esa extraña melancolía propia de los seres que viven en  busca de lo ideal y lo bello. Sus cejas y pestañas, negras como el ébano, eran un espléndido complemento a la textura de su piel que sólo era comparable con la inmaculada blancura y palidez de los lirios o de las azucenas.  Llevaba en sus manos un ramo de rosas tan rojas como el natural carmín de sus labios que lo hicieron percibir la recóndita armonía del universo cuando luego de las presentaciones de rigor, lo llamó por su nombre para solicitarle de la manera más comedida que le ayudara a traer su equipaje. Durante el viaje de regreso, guardó un atento silencio que sólo interrumpía al responder las oraciones que se elevaron al Creador o a la Santísima Virgen. Él conocía las plegarias. Veinte  de sus veinticinco años los había pasado en el convento de las Madres del Nuevo Amanecer, y no recordaba, o no quería recordar, otro tipo de vida que no fuera la pasada en la comunidad ni otra madre distinta a Sor Mariela. A su lado aprendió con tierno deleite las primeras letras y las primeras oraciones. Y también por darle gusto,  intentó ir más allá de un bachillerato clásico, pero su evidente aversión por lo académico y el innato amor por la mecánica, unidos a su notable pericia en la conducción lo obligaron a suplicarle con firme perseverancia que le permitiera convertirse en el conductor del campero y del micro bus de la comunidad, hasta que la religiosa cedió a la suave y persistente presión, no sin antes condicionar esta concesión a la tarea de estudiar cada quince días el texto que le indicara, y presentarle un resumen oral en cualquiera de los frecuentes viajes. Esta actividad, que en un principio fue una obligación, se transformó muy pronto en una necesidad vital y tiránica que lo convirtió en uno de los mejores clientes de la biblioteca del colegio y lo obligaba a gastarse buena parte de su sueldo en comprar los libros que quería leer y que no conseguía en el claustro. Así se fue convirtiendo casi sin notarlo, en un autodidacto de amplia ilustración, de ágil y agradable conversación y que no desentonaba en ninguna tertulia, lo cual llenaba de orgullo a Sor Mariela y las demás religiosas que  nunca dejaron de apoyarlo y estimularlo.
En su confortable e independiente apartamento ubicado en el bloque norte de la edificación, todo permanecía impoluto y ordenado, excepto sus libros que estaban esparcidos por toda la habitación como producto de la acumulación que generaba su costumbre de leer, tomar notas hasta altas horas de la madrugada y dejar pendientes algunos detalles para complementarlos luego del almuerzo o en el tiempo que le quedara libre. Esa noche, después de haber ayudado a instalarse a Sor Cecilia; la nueva maestra, y tras haber compartido con las religiosas las cotidianas oraciones y charlas posteriores a la última comida del día, se retiró a su cuarto con la intención de terminar un voluminoso texto de Historia Universal que estaba estudiando con académico apasionamiento. El entusiasmo y la concentración iniciales se fueron diluyendo con lentitud en un mecánico pasar y pasar de páginas cuando empezó a recordar la sublime belleza, la amabilidad, la ternura, la gracia y la sencillez de Sor Cecilia. Y ante lo inútil de su esfuerzo por estudiar con aplicación, optó por irse a la cama y fue feliz durmiéndose con el recuerdo de aquellos ojos soñadores y el rumor de aquella dulce y cantarina voz que lo impulsaba a percibir extrañas y profundas sensaciones cada vez que pronunciaba su nombre.
En su cuarto, Sor Cecilia llevó a feliz término el trabajo de  desempacar y acomodar sus escasas posesiones materiales. Lo que más ocupaba tiempo y espacio eran su guitarra, su piano portátil y su inmensa colección de partituras que requería un orden y un cuidado muy especial. Antes de acostarse, creyó que era excelente idea dar una mirada a los planeamientos que Sor Mariela le había entregado para que revisara y reestructurara de acuerdo con su metodología y visión pedagógica. Era un plan bastante bien elaborado; aunque se le recargaba un poco la mano a lo teórico en detrimento de lo práctico, y en definitiva, la parte de interpretación instrumental brillaba por su ausencia. Quiso entonces ganar un poco de tiempo iniciando las respectivas correcciones, pero apenas despegó los ojos del texto pretendiendo buscar en su mente las palabras que dieran sentido didáctico al nuevo parcelador, se le apareció el rostro de varonil encanto, infantil curiosidad, viva admiración y singular ofuscación, de Samuel el conductor, lo cual la apartó del hilo directriz de sus ideas. <>; pensó casi en voz alta, y evocó con artística precisión su palabra fluida, apasionada, vibrante, tierna, subyugante y dominadora  cuando en el transcurso de la cena y luego de ella,  profundizaron en varios temas que requerían una erudición propia de personas con amplia academia. <>...
Disgustada por el rumbo que estaba tomando su imaginación, se obligó a focalizar la atención en sus tareas hasta que fue vencida por el sueño. Poco antes de adormecerse por completo, recordó con agrado a Samuel y su apasionada defensa de la Eutanasia.
El amor estaba tendiendo sus dulces redes entre estas dos cándidas almas, y aunque ambos sentían un poderoso clamor invadiendo sus corazones, se negaban tan siquiera a considerarlo, y se dedicaron a intentar disfrazarlo de: admiración, amistad, cariño fraternal o como cualquier otro sentimiento menos comprometedor. El sólo pensar en amor, llenaba sus almas de temor y de complejos de culpa que los atormentaban obligándolos a buscar la manera de espaciar sus encuentros y las oportunidades de estar a solas y ocupar sus ratos de ocio en labores que requirieran una gran dosis de atención y concentración, en un desesperado intento por alejar de sus mentes la sublime locura recién llegada. Era una situación parecida a la de la mariposa que revolotea peligrosamente alrededor de una llama o de una luz muy intensa y que por más que pretenda alejarse, siempre vuelve a rondarla.
Samuel, más débil que ella, no tardó en admitir y aceptar con dulce tristeza, que la infinita dicha que le producía el sólo evocarla, que ese permanente culto de reverente adoración durante los oficios religiosos a los cuales empezó a asistir con más regularidad, que esa constante insatisfacción del espíritu, que ese doloroso anhelo e insoportable angustia, que ese no apartar los ojos del alma de aquella dulce presencia, que esa fascinación y absoluto sonambulismo, eran amor; pero amor verdadero, no ese amor lujurioso y tradicional, empañado con deseos superficiales de carnales caricias. ¡No! El suyo era un amor lleno de ternura y dulzura; un amor esplendoroso que encerraba la belleza y la poesía de un amanecer y que mientras más era su concentración, mayor era su fuerza. Un amor que anidaba y latía en las arterias de su vida, y que solamente pensar en confesarlo, causaba estremecimientos de horror. Un amor que anhelaba consumirse en su propio fuego sin esperar ser comprendido ni correspondido.
Las misas dominicales en las cuales ella dirigía los cantos, eran para él lo más cercano al éxtasis. De su divina garganta y su cristalina voz de soprano, brotaban un encanto dominador y una misteriosa turbación similares a ondas de armonía etérea, que atravesaban la capilla, sus alrededores y el fondo de su alma embelesada despertándole la totalidad de sus pesares, alegrías e incógnitas ternuras. Tan pronto el canto cesaba, su espíritu de artista pasaba por el teclado en acordes apasionados y soñadores que lo impregnaban de sentimiento místico y envolvían todo en una atmósfera de recogimiento religioso. No le sorprendía entonces que al arrullo de estos sublimes estímulos, unas tímidas lágrimas asomaran a sus apesadumbrados ojos.
Cuando se ama como lo hacía Samuel, no hay cabida a otra alternativa que no sea la de darse sin esperar nada a cambio. Por eso no advirtió en principio, cuánto de aquel apasionamiento en el canto, iba dirigido a él, cuánto de aquellas inmortales piezas musicales, expresaban la pena y la congoja que destrozaban su corazón y la consumían en una feroz lucha interna entre su vocación, su lealtad, su fidelidad, el sagrado respeto por sus recientes votos, y el amor que había sentido por él desde el mismo instante que lo conoció, pero que seguía negándose a aceptar a pesar de la imperiosa necesidad de verlo, escucharlo y tenerlo siempre cerca. Ella que creía domados sus sentidos por sus sagrados juramentos, que confiaba en que su fe y su religión la salvaguardarían de las tentaciones, tropezaba con la realidad en su forma más sensible: el amor. Ensayó la ausencia, la oración, el ayuno y cuantas penitencias se le ocurrieron; mas todo fue en vano. Demasiado débil, es decir, demasiado humana, volvía a caer en la tentación; en el pecado del amor. En los momentos de su solitaria oración cuando compungida ante su Dios, se golpeaba el pecho entonando el “Ten Piedad De Nosotros”, dirigía su arrepentida mirada a la imagen sagrada, y era el rostro de Samuel el que se le aparecía detrás del Cristo de su amor. La violencia de su pasión estaba convirtiendo las noches en un verdadero martirio. Paseaba asustada en la oscuridad de su habitación rehuyendo el ir a la cama, pues era allí donde él se le aparecía para sentarse a su lado, colmarla y consumirla con sus tiernas caricias y ardorosos besos. Por esta razón permanecía de pié horrorizada y sudorosa, devorando las plegarias como si temiese profanarlas con sus deshonrados labios hasta que el canto de las aves anunciaba el alba. Otras noches se insubordinaba, se preguntaba: ¿Por qué no era una mujer igual a las demás? ¿Por qué se condenaba a la continencia de sus actos y a la infecundidad de sus amores? ¿Quién había inventado la absurda regla que le prohibía el amor del cuerpo y del alma?... Y asustada de sus blasfemos pensamientos, terminaba suplicándole a la fe que le llenara esos vacíos y que matara las tentaciones de la carne.
— ¡Señor, Señor! —Imploraba mirando al Nazareno. — ¿Por qué  me has abandonado?
Aunque las muchas ocupaciones de sus compañeras religiosas y en especial de Sor Mariela, les impedían fijarse en su desgaste, su conciencia la obligaba a creer lo contrario y  evitaba sostener sus miradas por temor a detectar en sus ojos una velada acusación por la terrible verdad que la estaba consumiendo. Una anciana religiosa; amiga suya, que vino a visitarlas, intuyó la tormenta interior y la inconfesable congoja en la candorosa alma de su querida hermana. Sicóloga empírica y vieja conocedora de las insondables intimidades de los espíritus y de las insólitas enfermedades del corazón, recetó el antiguo medicamento universal, el lenitivo moral, el calmante místico: la oración. Oró con ella los pocos días que estuvo a su lado y logró que le permitieran acompañarla a unos retiros espirituales programados por una comunidad amiga. Allí rezaron con fervor intenso, lloraron con desconsuelo de verdadera aflicción, sintieron arrepentimientos dolorosos, y empezaron a experimentar el resurgir de los sentimientos puros. La tranquilidad descendió poco a poco a sus espíritus. Las diarias reflexiones orientadas por un anciano obispo que desde la segura protección de su ocaso, apostrofaba y estigmatizaba la tentación carnal, apaciguaban su alma estremecida y era un rocío de paz; un bálsamo anestésico en la herida de aquel corazón enfermo. La música religiosa era otro gran consuelo; otra gran fuente de serenidad para su tribulación. El sonido del viejo armonio de la casa de retiros, a veces fuertes como el huracán, a veces dulce como el canto de las aves, sumado a las angelicales voces del coro de religiosas enamoradas de la fe, llenas de claridad, de beatitudes infinitas y de ansias de martirio, llenaban su espíritu del sosiego y de la paz que la había abandonado. El “temor de Dios” se apoderaba de ellas cada vez que los altisonantes ecos del “Ten Piedad” llenaban la capilla. Y la gran herida cicatrizaba influida por los acordes de los cantos espirituales, las “Ave María” o el cotidiano Pater Noster, cantado en Latín, igual que debieron haberlo cantado los primeros mártires de nuestra Santa Madre Iglesia en sus recónditas catacumbas. Comulgaban a diario y la terrible tentación no volvió a aparecer. La palabra sagrada, la oración hecha con fe verdadera, el encuentro cotidiano con Jesús y la música cristiana cayeron sobre sus almas igual que lluvia sobre una hoguera. El monstruo fue vencido, y yacía a sus pies muerto y consumido sin dejar huella alguna. Su vida era de nuevo pura y casta; limpios sus sueños y claras sus esperanzas.
La dicha de amar con tanta vehemencia, convierte al ser amado en un componente tan esencial como la existencia misma o el aire que se respira. Estos amores son una perenne insatisfacción del espíritu, un desamparado anhelo y una insoportable aflicción amarga que se convierte en un  substituto de la felicidad ante la presencia del ser amado, pero si se aleja, el mundo no es más que un espacio vacío, descolorido y frío.
La intempestiva salida y la prolongada falta de Sor Cecilia, estaban causando estragos en el ánimo de Samuel. La angustiosa comezón de su ausencia opacaba sus días, les disminuía la  alegría y les suprimía la razón de ser. Anduvo solitario y silencioso rumiando sus pesares y tratando de no permanecer ocioso demasiado tiempo, aunque tampoco era capaz de reunir  la concentración suficiente que le permitiera llevar a cabo las labores que antes cumplía. Ya no tenía imaginación más que para ella, y cuanto lo rodeaba estaba impregnado de su tierna presencia; ni siquiera los libros adormecían la angustia de la espera. Hasta que por temor a despertar sospechas, se obligó a realizar un esfuerzo sobrehumano por aparentar normalidad y sobre todo, abstenerse de preguntar el paradero y fecha de regreso de su amada. Sin embargo, estuvo todo el tiempo atento a cualquier conversación en la cual se mencionara su nombre. Sintiendo que ya la tensión y la ansiedad estaban llegando al tope de su capacidad de aguante, tomó la temeraria decisión de confesarle su amor tan pronto la viera, pretendiendo de esa forma terminar de una vez con ese insoportable dolor de esperanzas confundidas. Esa noche permaneció en la capilla del colegio más allá de lo acostumbrado, pidiendo perdón a Dios por sus intenciones y rogándole su intercesión ante Sor Mariela para que algún día pudiera comprenderlo y perdonarlo. <>, Se aseguraba, a manera de consuelo mientras repasaba una a una las dulces y serenas palabras que le diría a su amada a la primera oportunidad. La interna voz del sentimiento le estaba diciendo a gritos que la inocultable turbación, la dulce mirada que advertía en los ojos de ella cada vez que se encontraban con los suyos, que la especial forma de tratarlo, significaba que también lo amaba y que era inútil seguir ocultando y callando un sentimiento tan bello y tan sublime como ese torbellino de amor verdadero.
La madrugada siguiente, llevó a Sor Mariela a una reunión en la curia con el fin de organizar lo relacionado con las festividades de la Virgen del Carmen. Queriendo no quedarse aislado con su pesadumbre, resolvió acompañar a la superiora a la sala de juntas de la parroquia. Debió recurrir a todas las fuerzas de su alma para que su corazón lacerado por la anhelante espera no se le saliera del pecho cuando al tratar el tema de lo musical, Sor Mariela dejó saber a los presentes que Sor Cecilia estaría al frente de este aspecto a partir de la mañana siguiente. La suprema ventura que sintió, lo obligó a apartarse con prudencia del recinto y disfrutar a solas del turbulento vaivén de ideas e imágenes que se agitaban en su cerebro y que lo llenaban de regocijo.  Ya en la calle, elevó las manos y los ojos al cielo dando gracias al Creador por tan hermosa merced. Esa tarde  montó una medrosa y atenta vigilancia en torno a la llegada de su adorada ilusión; pero ella se ingenió la forma de evitar un encuentro frontal tan pronto. Llegó primero donde Sor Mariela, pretextó un repentino e insoportable dolor de cabeza, le pidió que le administrara una dosis adecuada de algún analgésico, la excusara ante sus compañeras y le permitiera estar a solas el resto de la jornada. La cena y tertulia de esa noche, fueron un verdadero martirio en el ánimo de Samuel, quien sólo pensaba en el momento de dirigirse al cuarto de su amada y confesarle su inmensurable y puro amor. Por eso, al notar que las religiosas empezaban a dar muestras de cansancio, asumió con prontitud la tarea de lavar los utensilios de cocina según su costumbre. Tomó más tiempo de lo usual en la faena y cuando el silencio cubrió con su manto el claustro, caminó con resuelta discreción en dirección a la celda de Sor Cecilia y la llamó con toda la ternura y la dulzura que su corazón le dictaba...
Ella reconoció los pasos antes de que él llegara a su puerta y se aferró con ansias desesperadas a los recuerdos de su retiro igual que se aferra un náufrago a un madero flotante. Tomó el crucifijo entre sus manos y lo llevó a sus labios pidiéndole desde lo más profundo de su alma, que le diera el valor que necesitaba en esos cruciales instantes de su existencia. En cambio obtuvo en respuesta una serena y dulce voz interior que le gritaba: no ores más, pues tu oración ya es impía; deja el culto a lo quimérico; Dios ha enmudecido para ti...
Y ya no huyó más. La mariposa se cansó de revoletear alrededor de la llama y se consumió en ella. Abrió la puerta y sin que mediara palabra alguna, él tomó sus manos y las estrechó contra su corazón. Después, se inclinó hacia ella con infinita ternura, y sus alucinadas miradas se encontraron. El universo entero desapareció ante ellos y sus labios se juntaron como dos olas en la misma playa; igual que dos gotas en la misma fuente o como dos ciervos sedientos que llegan al mismo arroyo... Y se quedaron cautivados y felices vagando en una atmósfera de inagotables espejismos, creyendo que ellos habían inventado el arte de besar y dejando quemar sus alas en el dulce fuego del amor sin intentar siquiera remontar el vuelo a la región abandonada de la religión, de la gratitud y de la fe.
Más que unos pasos en el pasillo, fue el residuo de respeto no consumido por la hoguera recién encendida, lo que evitó que la naturaleza los devorara en silencio. Cubrieron una vez más sus insaciables labios con temblorosos besos y se dijeron buenas noches una y otra vez hasta que la inminente presencia de una religiosa en los corredores los obligó a posponer su apasionada adoración.
Iluminados por la hermosa luz de su entusiasmo ardiente, los dos recién llegados al banquete de la felicidad, decidieron luego de frecuentes diálogos, que lo mejor era abandonar el claustro, pues no querían seguir irrespetándolo y mancillándolo con la constante necesidad de calor de humanidad que emergía de sus poros, y también porque ya no se sentían capaces de posponer por más tiempo el momento de apagar la lámpara del silencio y beber de un sorbo la copa de la locura donde su amor palpitaba fecundador e indomable. En menos de ocho días convinieron la fecha, la forma de evasión y el lugar en el cual se encontrarían, y para no despertar sospechas, Samuel solicitó un permiso con el fin de asistir a un seminario sobre crecimiento personal que se llevaría a cabo en las próximas semanas en la frontera. Antes de partir le entregó a Sor Cecilia un sobre en el que le indicaba con lujo de detalles las acciones a seguir y le dejaba una considerable suma de dinero para sus gastos. Ella consiguió prestados con la profesora Janeth, un Jean, una blusa y unas zapatillas, argumentándole que las necesitaba en una representación teatral. Y esa misma noche, tal como se lo pedía su amado, se marchó llevando consigo su guitarra, su título de licenciada en pedagogía musical y sus documentos de identidad. Sobre la cama y junto a su hábito dejó las cartas suya y la de Samuel pidiendo perdón y comprensión a la comunidad y a Dios por su acción.
Los amaneceres en la frontera siempre son helados, nublados y grises. La gente que madruga a comerciar sus productos se apresura a llenar de vida y bullicio el lugar. Los transportadores y vendedores ambulantes, pregonan a gritos sus servicios y sus mercancías, contribuyendo de esta manera a incrementar la creciente algarabía. Los cambistas de moneda van de un país a otro ofreciendo descuentos y ganancias según la tasa del día, mientras los pequeños contrabandistas inician con taimada parsimonia la compleja búsqueda de clientela. El despertar es lento; pero al mediodía las calles están atestadas de ruido y de personas que deambulan sin rumbo y sin sentido aparentes. En los restaurantes el flujo desaparece luego del desayuno; hora en la que sólo quedan algunos parroquianos consumiendo con indolencia un tinto o una cerveza. Los dueños de los lugares aprovechan estos ratos de quietud y dan a sus establecimientos, un poco de aseo y una mejor presentación. En uno de estos locales y justo a una de estas horas se encontraba Samuel. Estaba seguro de haber sido claro en sus instrucciones y la impaciencia lo consumía a cada minuto que pasaba. Miró por enésima vez el reloj y constató que ya era la hora preestablecida. Si no hubo contratiempo alguno, su felicidad estaba a punto de llegar.  Pidió otro café y se dispuso a conservar la calma. El lugar se encontraba semivacío y desde su asiento se podía ver sin obstáculos a quien entrara y saliera. Una chiquilla de pelo negro <>, con una guitarra terciada al hombro, entró al lugar. Mientras daba un largo sorbo a su bebida,  Samuel pensó en lo antiestético que era que las mujeres llevaran el cabello tan corto, usaran zapatillas y se vistieran con pantalones masculinos; como esa niña... En ese instante oyó la angelical voz de su amada. Y el conjunto de inenarrables fantasías relacionadas con sus planes se convirtió en realidad. Levantó la mirada deseando ver a su resplandeciente Sor Cecilia, pero sólo vio a aquella desgarbada muchachita que venía corriendo en dirección a él gritando su nombre, con los brazos extendidos, llorando de la emoción y  con la felicidad brotándosele a torrentes por todos los poros de su cuerpo. Una sensación de infinita tristeza, de pesada esterilidad e insufrible vacío invadió entonces su espíritu. Fue igual que si un rayo lo hubiera golpeado con su devastadora furia, y su potencia hubiera consumido en un segundo toda su ilusión. ¡Era ella, no cabía duda! Sin embargo su presencia no le estimulaba el fluir de la voz del alma con su palabra dulce y serena que le susurraba su gran amor, no le ayudaba a percibir los brillantes destellos de canción y de poema, no le despertaba la apacible ternura que produce huella, no lo impulsaba a anhelar lo hermoso de la vida, no... Ya ella estaba buscando sus labios con ardorosa avidez; pero él se sentía incapaz de responder a la caricia y más bien le molestaba. <<¡Dios!  ¡Aquélla no era su angelical visión! ¡Esto no era más que una diabólica trampa; una broma descomunalmente macabra!>>
<< ¿Qué se habían hecho su belleza monacal y su armónica perfección? ¿Dónde estaban su inmaculada blancura y el hermoso y sereno brillo de sus ojos? ¿Por qué el destino le jugaba esta mala pasada?>>.
Con suave firmeza, se libró del empalagoso abrazo y la retiró de sí para poder mirarla con el alma, tratando de encontrar en sus hermosos ojos el milagro que le resucitara su apasionamiento; mas le fue imposible. Ella presintió que algo horrible le sucedía y lo cuestionó con su ansiosa mirada primero, y luego, dando rienda suelta a su temor, lo manifestó con desespero atropellando las palabras y mezclándolas con angustiosas lágrimas. Ante su muda respuesta y el apremiante deseo de escapar y de evadir sus urgentes preguntas, ella debió intuir la tormenta que sacudía el alma de su amado y debió comprender la horrible verdad: ¡Estaba enamorado de la religiosa, no de la mujer! ¡Estuvo todo el tiempo rindiéndole culto al símbolo; al hábito! Y ahora frente a la realidad retrocedía evidenciando en su mirada y en su temerosa actitud el dolor que viene desde muy adentro y aniquila el aliento, las palabras y la vida misma.
Comprendió de inmediato que nada quedaba para ella en ese lugar ni en ese angustiado corazón y se marchó por donde había llegado, con su colosal congoja,  su gran amor a cuestas y dejándolo solo con el peso inmenso de sus tormentos.
Casi todos los pueblitos de los Andes, se caracterizan por la belleza de sus paisajes, por la bondad de sus gentes, por su nostalgia de selva  milenaria y por lo hermoso de sus iglesias que parecen reproducciones perfectas de las que se ven en las postales españolas. En el más alejado, recóndito y olvidado de estos pueblos, los campesinos que van a la misa dominical, se extasían y se impregnan del más puro sentimiento místico cada vez que  escuchan cantar a la vieja profesora del lugar, con una voz rica en mágicas cadencias y en extrañas vibraciones que despierta en las almas las penas dormidas y las obliga a  gemir lo mismo que un coro de pájaros ocultos. Apenas el arrobamiento concluye y el sacerdote termina de impartir su bendición, algunos parroquianos se quedan a conversar un poco con la maestra en cuyos grandes ojos color turquesa; estériles de sueños y de lágrimas, se adivina el amor que ni se extingue ni se olvida, y el dolor de la herida que el tiempo ha cicatrizado en su alma. Ha vivido en aquel pueblito que la acogió con ternura y la ama con pasión, más de los años que puede recordar. Solitaria y triste, ha cabalgado la vida en una corcel sin tiempo y sin destino, enhebrando las horas, los días y los años que se esfumaron sin saber cómo ni cuándo. Sólo espera con humilde resignación que sus ojos cansados de ver causas perdidas se cierren por siempre. Y muy de tarde en tarde, se imagina que tal vez en la otra vida pueda estar al  lado de su Samuel en perdurable amor. 

                                                                                                                                                             FIN.

                                                                                                                                                              GUSTAVO LÓPEZ GIL (2001)